Siempre me han gustado las fiestas, de las que sean, como
sean y cuando sean. Desde niño iba a muchas fiestas, la mayoría eran para
adultos pero eran igual de buenas, sino es que mejores que mejores que las de
los niños, sobre todo cuando eran en alguna casa y mi mamá y todas las mamás de
mis primos se juntaban para originar la fiesta desde temprano, pues aunque la
fiesta ya estaba pactada en fecha y horario, surgía desde cero. Unas señoras se
encargaban de adornar en patio, colgaban festones y globos de colores de techos
y paredes; ordenaban mesas y sillas parecidas a una formación militar y las pulían
con manteles blancos, daba la impresión de que comíamos en una nube gigante. Las
demás señoras se repartían en cocinas improvisadas a cocinar el banquete para
un ejército de invitados, ellas inclusive. Todo aquello se llenaba de nubes de
humo y vapor llenas de aromas deliciosos, comíamos el arroz por secciones,
mientras nos jugábamos la vida corriendo entre ollas burbujeantes y anafres en
brasas. Primero el aceite, luego las verduras, luego el arroz y por último el
caldillo de jitomate. Todo sin echar un solo bocado. Aspirar aquellos humos saciaba
el hambre hasta por ocho horas. Nunca podré olvidar aquel concierto de percusiones
metálicas, voces militarizadas y pianolas de tacones y cascos de refresco. La fiesta
aún no comienza, de hecho, falta mucho para que comience, pero mis primos,
hermanos y yo llevamos festejando la infancia entera.
jueves, 24 de septiembre de 2015
miércoles, 9 de septiembre de 2015
El embotellamiento
Estando solo en la soledad que un auto vacio puede otorgar,
me dispuse a continuar con el extraordinario día que me había propuesto la
noche anterior. Habiendo dejado en el colegio a mis hijos y armado de la dosis
necesaria de amabilidad y alegría, eché a andar mi auto en busca de lo
extraordinario, dejé pasar dos o tres autos y avancé
Al parecer
los otros cinco o seis que venían de tras, tomaron como un compromiso de mi
parte la cesión del paso, así que arrancaron al miso tiempo, en un palmo de
terreno lo suficientemente angosto como para trabarnos los unos a los otros y
de la nada, hacer un EMBOTELLAMIENTO.
Tremendo atorón
de autos justo frente al colegio de mis hijos, con puros conocidos inmiscuidos,
pero yo, todavía en mi modo de de ciudadano buenaonda, me hice lo más a la
orilla, que el espacio me permitía, para no estorbar al otro auto que fungía de
tapón. Avancé y avancé hasta quedar inmóvil impedido por los coches de
enfrente, los cuales tampoco podían moverse.
Redepente:
gritos y manotazos, también de la nada, sobre un inadaptado quien, sin
consideración alguna, posó su culo en el asiento de su auto, carente de
reacción y consideración alguna sobre aquel terrible nudo que estaba
ocasionando. Un colérico “SÍ, TÚ, MUÉVETE QUE ESTORBAS” acompañado de un largo
índice acusador, justo en medio de sus cejas, hizo que el incomprensivo automovilista reaccionara y se
diera cuenta que toda aquella vorágine estaba dirigida en su contra.
BURRO,
PENDEJO, ESTUPIDO Y TARADO fueron los insultos que tuve que tragarme par adarme
cuenta de lo desconsiderado y ruin de mis actos… así es, era yo. Nunca entendí,
y seguro jamás entenderé el gran error cometido aquel martes pero sí que
entendí, por fin, que si más de dos afirman, lo que sea, acerca de ti, es
cierto, aunque no lo sea. Y una cosa más, cuando DECIDES tener un día
deputamadre, simplemente lo tienes.
jueves, 3 de septiembre de 2015
Mi amiga la redonda
Entonces Elisa entró por primera vez a su nueva casa, recorrió con la
mirada la sala, caminó hasta la cocina y descubrió tras una puerta un pequeño
jardín, el cual, por alguna extraña razón, la llamó de inmediato. Atendiendo
instantáneamente la extraña llamada, abrió la puerta que le impedía la entrada
y dio el paso que la reuniría con aquella parte de su vida, la cual había dado
por terminada aunque jamás sacó de su corazón. Sin dar crédito de aquel
hallazgo, de rodillas en el césped, tuvo un vez más la edad de 7 años.
—Ya es hora. ¿Por fin nos vamos? Uy que emoción, estoy
ansioso por llegar a la tienda, tengo un buen presentimiento, pa mí que no duro ni dos días, comentaba
en voz alta uno de los balones blancos que irían esa tarde a la tienda
deportiva. Reluciente y en su caja, perfectamente bien empacado como sus demás
compañeros, fue el primero en tomar su lugar en el rack destinado para balones
económicos.
Con mucho entusiasmo respingó la nariz y se dispuso a
esperar al pequeño que lo llevaría a conocer el mundo. Pasó el tiempo pero el
niño no llegaba. Sin perder la fe, siempre manteniendo la frente en alto, aquel
entusiasta balón seguía ocupando las primeras filas en espera de algún dueño, y
sin importar las huellas dactilares que lo empezaban a cubrir, más las ligeras
patadas y rodillazos que de vez en cuando le propinaban, conservaba la certeza
de salir de aquella tienda feliz de tener un compañero.
La espera comenzó a convertirse en angustia un día
miércoles, en el que escucho que sus días estaban contados, pues si para el
próximo sábado no resultaba vendido, regresaría a la bodega sin la seguridad de
poder salir. Más que nunca, se lució ante cualquier persona que se acercaba por
donde él estaba y aunque sus esfuerzos resultaban, al parecer inútiles, nunca
desistió. Faltando 10 minutos para el cierre de la tienda, cuándo se preparaba
para continuar la lucha al día siguiente, las pisadas de unos pequeños tennis y
el aliento sofocado de una pequeña en shorts, lo distrajeron de su trance y sin
quitarle la vista de encima, vio como aquella niña se acercaba hacia él,
apuntándolo con el índice, al tiempo que decía: ese. Inmóvil por la emoción,
pudo contar cada una de las monedas, que aquella pequeña futbolista, sacaba de
una vieja media de futbol. Terminado el conteo y pagado el precio, con un gran
abrazo comenzaba su amistad.
Desde la primera noche fueron inseparables, pues una
vez fuera de la caja, el balón durmió en los brazos de su inesperada dueña,
quien sin poder dormir por la emoción, saltó de la cama más temprano de lo
acostumbrado y antes que nada, echó su nuevo balón a la mochila, para que, a
escondidas, se los presentara a todas sus amigas, contándoles una vez más aquel
plan, —del que todas sabían— que llevó a cabo para poder comprar su primer
balón. Así, éste se enteró de los escasos recursos y el arduo trabajo de su
dueña por conseguirlo.
Habiendo librado la primera batalla, la de no ser
descubiertos por alguna autoridad escolar, salieron de la escuela y fueron
inseparables. Fueron al campo para su primer juego, y luego por el segundo y el
tercero; pasaron lluvias, noches, retas, y muchísimos goles. No había otro
compañero en la vida de Eli que supiera tanto de ella; ni que le diera momentos
tan gratos. Eran el uno para el otro.
Todas las noches Eli lo ponía en su frente y le
contaba todo lo que él había presenciado durante el día, lo aventaba de vez en
cuando hacia el cielo y antes de dormir remarcaba su nombre —Eli— y el corazón
que servía de punto a la i. Sin duda alguna eran los mejores amigos.
Una tarde, parecida a cualquier otra, Elisa jugaba con
su balón y sus demás compañeros una cascarita, cuando de pronto llegaron unos
chavos mayores que ellos a proponerles una reta, con gusto aceptaron y ganaron
como todos unos campeones, lo cual no fue recibido de muy buen agrado por parte
de los grandulones, quienes completamente frustrados, Despojaron a Eli de su
amigo. El balón trató de poner resistencia y ella con esfuerzos sobrehumanos
batalló hasta el cansancio. Pero fue inútil. El despojo fue inminente y el
desconsuelo profundo. Los amigos habían sido separados.
Eli lloró un día entero su pérdida, aunque pudo
reponerse y continuar con su vida, llevando siempre en su corazón a su primer
balón, quien fue la inspiración para que Elisa dedicara su vida al fútbol.
Los grandulones jugaron un par de veces con el balón
de Eli y en un juego callejero volaron el esférico, el cual después de algunos
rebotes cayó en un camión de naranjas que lo llevó hasta la playa. Una vez
allí, fue partícipe de un sinnúmero de partidos, hasta que fue decomisado por
un gruñón al que le tiró su cuba de la mano. El hijo de aquel gruñón lo llevo
de vuelta a la ciudad, donde vivió sin mucha actividad y dónde un día que
rebasó la barda de un club deportivo, cayó sobre un camión de arena y terminó
en los cimientos de un edificio comercial. Al parecer sus días habían terminado.
Mientras tanto, Elisa Farfán continuaba sus estudios y
su carrera futbolera, sobresaliendo y llegando cada vez más lejos como
goleadora. Su habilidad y sus años de preparación la llevaron a cumplir su
sueño, encumbrándola, como fichaje del año, en la liga profesional de futbol
femenil. No le bastó más que una temporada para consolidarse y como novata del
año, firmó con uno de los más prominentes clubes de la liga.
Aquel importante club, previendo contrataciones, había
mandado construir las casas de sus nuevas jugadoras, las cuales se ubicarían en
un terreno antiguo, el cual quedó vacante tras la demolición de un edificio
comercial de una empresa que lo vendió por haber ido a la quiebra. Durante la
construcción de las nuevas casas, un grupo de albañiles que trabajaban en la
obra, encontró un balón en los viejos cimientos, mientras rascaban y quitaban
los escombros. Gustosos del futbol, lo arreglaron, le pusieron aire y
disfrutaban de él en sus ratos libres, fue su mayor diversión mientras duró la
construcción, la cual una vez terminada, quedó sola para esperar a sus nuevas
moradoras.
El gran día llegó para Elisa Farfán, fue presentada en
su nuevo club. Se puso la playera, hizo unas dominadas, dirigió unas palabras a
la afición y en seguida vinieron las buenas nuevas. Al término de la
presentación, le esperaba su padre y promotor con una buena camioneta y las
llaves de una casa, regalos del club para su nueva joya. De inmediato subieron
a la troca y corrieron a visitar la que sería desde ese día su nueva morada,
una casa a todo lujo en aquel exclusivo fraccionamiento recién construido.
El padre de Eli abrió la puerta principal de la casa número 13 y entonces
Elisa entró por primera vez a su nueva casa, recorrió con la mirada la sala,
caminó hasta la cocina y descubrió tras una puerta un pequeño jardín, el cual,
por alguna extraña razón, la llamó de inmediato. Atendiendo instantáneamente la
extraña llamada, abrió la puerta que le impedía la entrada y dio el paso que la
reuniría con aquella parte de su vida, la cual había dado por terminada aunque
jamás sacó de su corazón. Sin dar crédito de aquel hallazgo, de rodillas en el
césped, tuvo un vez más la edad de 7 años, pues en sus manos se encontraba un
balón que habían olvidado unos albañiles en el jardín aquella casa, un balón
que apenas alcanzaba a mostrar su color blanco y entre sus gajos negros,
remarcado con plumón el nombre de una niña, quien usaba un corazón como el punto
de la i, que llevaba su nombre Eli.
miércoles, 26 de agosto de 2015
Las extraordinarias hazañas de Fergard
La ruta de las hadas
La ruta de las hadas
Conocí, en un tiempo no tan remoto, a un gran
guerrero. Tuve la fortuna de conocerlo desde su temprana edad y vaya que era un
grande, no estoy tan seguro si él sabía lo grande que era pues como todo gran
maestro, parece haber tenido su momento de incertidumbre y duda. Pero todos
aquellos que pudimos observar sus prodigios, siempre estuvimos seguros del
poder inigualable que poseía.
Desde sus escasos tres
o cuatro ya cautivaba a cualquiera que lo contemplaba por tan sólo unos
segundos, hubo quienes solicitaban de su compañía por un tiempo más prolongado
pues se negaban rotundamente a prescindir de su figura.
Rápidamente tomó
control de sus fabulosas habilidades mentales, así como de su coraje para ver concluida
cualquier tarea que él mismo o alguna otra persona le encomendara. Su fama se
extendió rápidamente por todo su condado hasta llegar a casi todo el país, no
había alma que quisiera perderse el privilegio de realizar alguna empresa al
amparo del afamado guerrero.
Lo buscaron para todo
tipo de misiones. Una de las primeras la llevó a cabo cuando tenía como nueve
años, se le encomendó que llevara a su hermano menor a salvo a la casa de unas
ancianas mágicas que los llenarían de dones y provisiones para que pudieran
preservar su vida.
Fergard no tenía mucha
idea de la ruta que habían de tomar para llegar al castillo de las hadas, así
que como primer tarea, puso a su hermano en trance para sacar la información
precisa y con ella trazar la mejor ruta para alcanzar su destino. De tal forma
dio comienzo una travesía que había de durar no más de una semana, pues de
prolongarse, las hadas saldrían de su castillo para buscarlos y no estarían presentes
para recibirlos a su llegada.
Una vez en el camino
llegaron a un punto en el que el mago tuvo una corazonada, según la cual tenían
que salir de la ruta original para evitar una banda de vendedores estafadores por
quienes corrían el peligro de sucumbir ante sus engaños y quedar sin provisiones
a cambio de un ato de artículos inútiles. Su hermano advirtió a Fergard que si
tomaban ese atajo el viaje se prolongaría al menos un par de días, lo cual los
dejaría con el tiempo demasiado justo para llegar puntuales a su cita. Al
parecer el incrédulo no tenía idea de la compañía tan poderosa que llevaba.
Haciendo caso omiso de
las observaciones de su compañero tomó el camino alterno pues bien sabía que su
poder no era todavía el indicado para enfrentar a los ventajosos mercaderes. La
vuelta se complicó un poco más de lo previsto pues no podían volver a la ruta a
causa de unas ninfas de baja estatura que cantaban somníferas melodías, poca
cosa para el poder del guerrero, bastó con poner de nuevo en trance al pequeño para
que éste pudiera indicar de inmediato la reincorporación al camino.
Faltaba poco para que
este par llegara con bien y puntuales a su destino, pues tenían ya el tiempo
encima. A punto estaban de lograrlo cuando apareció aquella criatura que
Fergard había vaticinado. Se trataba de una extraña criatura con cuerpo de
humano y cabeza de dragón que se tambaleaba al andar, solía acercarse a muy
corta distancia de sus víctimas para rociarlas con su aliento letal,
adueñándose luego de su tranquilidad así como de algunas de sus pertenencias.
Preparado completamente,
adelantándose a la llegada de aquel fenómeno, pasó junto a él con una cabeza de
dragón que previamente simuló con ayuda de una extraña pócima que aprendió a
preparar en alguno de los viajes que realizó junto a su padre. Confundiéndolo
con uno de los suyos el dragón pasó de largo haciendo un extraño gesto con la
cabeza y la mano al mismo tiempo, gesto que Fergard tuvo cuidado de replicar
con exactitud para no ser descubierto.
Fue así como los
hermanos pudieron llegar a salvo y a tiempo a su cita con las tres bondadosas
hadas quienes los acogieron, alimentaron y llenaron de bendiciones para que
pudieran regresar fortalecidos y renovados tanto al camino de regreso como a la
senda de sus vidas.
Durante su estancia en
el castillo recibieron noticias de gente que vivió o supo de primera mano las
atrocidades que pasaron los viajeros que no tuvieron el cuidado de confiar en
los poderes de Fergard y perdieron todo cuanto tenían en el camino de los
vendedores; durmieron durante semanas a los pies de las ninfas de baja estatura
o quedaron sin rastro de tranquilidad, bañados por el hediondo aliento de los
hombres dragón.
“misión cumplida”
escuchó una vez más el mago a su retorno al tiempo que escuchaba las
condiciones de una nueva misión, pues como sabemos, su gran poder era
solicitado y repartido entre grandes multitudes.
viernes, 29 de junio de 2012
Somos cambio
Durante casi todos los años de mi corta vida, he escuchado y
dicho que se necesita un cambio, que esto está mal, que no podemos seguir de
tal o cual manera y en casi todas las ocasiones, el cambio nunca llegó; ni
notablemente; ni tangiblemente; ni proporcionado por las entidades encargadas
de proporcionarlo. Incluyéndome e incluyendo a mis círculos cercanos.
Este discurso tan bienintencionado
y completamente necesario, invariablemente, aumentaba, tanto en cantidad como
en intensidad, en tiempos electorales, cualesquiera que fueran estos tiempos,
locales o federales. Las ideas se escuchaban por doquier; en la casa, en la
escuela, en las reuniones familiares y casi todos los sitios donde hubiera dos
o más ciudadanos.
En general las conversaciones que
llegué a escuchar e incluso en las que llegué a participar nunca pasaron de una
acalorada discusión, en la cual cada uno de los contendientes terminaba con el mismo
punto de vista con el que habían iniciado. Aunque por lo general el punto
convergente en tales discusiones era el cambio; cambio de situaciones, de
personas, de partido, de dineros, de infraestructura, de leyes, etc.
A pesar de que estos debates
aumentaban durante tiempos electorales, a mi parecer, el voto nunca fue tema
coincidente, en cuanto al motor del cambio se refiere. Los únicos que lo
promovían y los defendían a ultranza, eran aquellos que contaban con la
información previa de que iban a obtener la mayoría de tan preciados dones, es
decir, a los que les tocaría su hueso.
Frases como “pues yo voto por el
PRI porque ya se que va a ganar” “pa que
voy, si de todos modos ya sabemos quien va a ganar”, “yo voto por la
“oposición” para que por lo menos robe otro” “puros pinches ratas, el voto es
puro cuento” o la mejor frase al respecto, la cual escuché de labios de mi
difunta abuela: “yo les voto la hierba sin rais”,
eran indicativo del desprecio generalizado por una actividad la cual más que
una opción representaba una ofensa y una pérdida de tiempo, al no respetar la
voluntad y tratar de pasar por estúpido a quien depositaba su confianza en
ella.
Se votaba por el que diera las
mejores bolsas para el mandado; o por el familiar cercano o lejano, quien
representaba una potencial ayuda futura; por el que ya fuera rico —así no
robaría tanto—; por el que prometiera beneficios directos para la colonia o la
familia. Pero, en realidad, nadie creía posible que con una simple tache en un
papel con el nombre del candidato, se cumplirían sus deseos o se llevaría a
cabo ese tan ansiado cambio, querido y anhelado por todos.
Pero ¿a qué nos referimos con “el
cambio”? ¿Qué es? ¿Qué conlleva obtenerlo? ¿Cuánto cuesta? ¿Cómo se llega a él?
¿Se pierde algo cuando llega? Tal vez nunca lo sabremos, pues no estoy tan
seguro de que todos nos refiramos a lo mismo cuando solicitamos el cambio, y
cómo podría ser si, simplemente, en el diccionario de la RAE hay 10 acepciones.
De acuerdo con ello, muchos podrían estar pidiendo la acción y efecto de
cambiar o realizar una permuta; dejar una cosa o situación para tomar otra;
convertir algo en otra cosa, frecuentemente su contrario; modificarse la
apariencia, condición o comportamiento; solicitar el sobrante de algún dinero o
simplemente hacerse de moneda fraccionario para fines prácticos en algún
intercambio comercial.
Cada ciudadano está pensando en su
propia transformación, cosa, a mi parecer, muy válida, aunque así suelta no
considero sirva de mucho. Aunque deben existir puntos convergentes entre tantas
individualidades, pero cuáles serían, cuáles podrían ser las coincidencias en
la metamorfosis de la sociedad mexicana.
Por supuesto que el cambio
conlleva una transformación, ya sea permuta, cambio de apariencia o ferear un
billete —como dicen mis primos de provincia “feramelo”— implica transformarse,
dejar de percibir los objetos o situaciones de alguna forma para comenzar a
percibirlos de otra, en estos términos, el cambio es a su vez renuncia.
Cuando se renuncia a algo se vive
un estado de pérdida definitiva, de duelo, en el cual se apuesta por ganar un
estado más ventajoso del que se tiene. De esta manera el precio que se paga es,
precisamente, aquello a lo que estamos renunciando, y sin importar
particularidades, pues cada quién tiene sus preferencias, el efecto de bola de
nieve va a agregando importancia global a cada una de las transformaciones.
Pero ¿qué tan dispuestos y
preparados estamos para renunciar? Para renunciar a un estatus, a una clase
social, a una escala de valores, a un conjunto de ideas y actitudes, a las
amistades, al trabajo que tanto tortura, a las canonjías, a la comodidad ¿en
realidad tendríamos todo eso que perder? ¿a cambio de qué?
Poner de acuerdo a 120 millones de
personas es una tarea imposible, absurda, de tal manera parece que el cambio
debiera ser personal aunque no intransferible, pues al vivir en una sociedad,
el movimiento de cada individuo influye o afecta a todo el conjunto. La
metamorfosis de cada elemento impacta justo al medio que lo contiene.
Así, lo que signifique un cambio
para ti lo significará para mi, siempre y cuando esté regido por la congruencia
de renunciar a lo que sea necesario en busca del objetivo que sea necesario. De
tal manera, el cambió debería darse a nivel personal y de acuerdo con aquellas
situaciones, personas o cosas que a nuestro parecer amenacen el rezago tanto de
nuestra individualidad como de nuestra comunidad.
Muchos opinan que la inasistencia
a las casillas electorales es un acto de pereza tanto física como social e
intelectual, que no presentarse a votar equivale a validar o ratificar ese
sistema que tanto nos aplasta y acongoja. Pero que tanta pereza puede
representar el asistir a tachar una boleta para después dedicarse sólo a
vociferar en contra de ese maldito gobierno el cual está al mando gracias a mi
o en contra mío.
Pareciera que el ejercicio de las
elecciones nos exime de todas aquellas obligaciones y derechos ciudadanos que
más allá del voto representan herramientas para la transformación, tales como:
manifestarse, expresarse, respetar las leyes escritas y las no escritas, respetar
las opiniones ciudadanas y cuestionar las oficiales, protestar o agradecer las
acciones de nuestros representantes, entra muchas otras no menos pero si más
importantes que votar. Pareciera que votar me quita la responsabilidad sobre el
futuro, convirtiendo a quien favorecí con mi elección como el principal
responsable de los amaneceres por venir y si no voto pareciera que, aunque se
mi intención, no tengo derecho de participar en la construcción del buen puerto
de aquellos amaneceres.
Los comicios, por supuesto que
excelentemente bien llevados, son una parte del principio, defender y sostener
ese voto o no voto sería la continuación y la participación activa en los
intervalos electorales podría ser el complemento del ejercicio para atraer el
auténtico cambio.
Acción es la palabra y va mucho
más allá de tachar uno, o todos o ninguno de los nombres de la boleta del uno
de julio. Y sueño es el consejo que nos puede llevar hacia dicha acción.
El cambió sería una elección y la
renuncia congruentes a una llamada proveniente de lo más profundo de nuestro
ser. Sería hacerle caso, quizás por primera vez, a nuestro verdadero yo. De tal
manera la traducción de aquella elección podría ser: un estado civil, un empleo,
una profesión, un lugar, una persona, una actividad, una protesta, y al mismo
tiempo la renuncia de alguna o todas las anteriores.
Si reunimos el valor y la fuerza
necesarios para elegir y renunciar, estaríamos logrando el principio del
movimiento. Ese movimiento de la masa que necesita de cada uno de los engranes
que la componen para poder avanzar armónicamente, sin aplastar a unos ni olvidar
a los otros.
martes, 27 de diciembre de 2011
Me resisto a creer
Un día más en este sofá, en compañía de mi madre. Mis hermanos van y vienen pero mi madre y yo somos firmes, pues mi padre aún no llega y nos mantiene en está interminable espera.
Que tipo ha sido mi padre, un hombre recto; bastante bien parecido; mal encarado pero muy simpático; me hace la tarde verlo quitarse el sombrero después de atravesar por esa puerta que casi llena por completo. Su férrea disciplina, llega a pasar desapercibida cuando finjo estar dormido y él me besa para desearme buena noche o cuando orgulloso me despeina sin decir palabra alguna. Por supuesto que puede resultar trillado pensar que cuando sea mayor no me gustaría otra cosa que ser igual a él, y a pesar de ello ese es mi único deseo, tal vez sea por eso que no puedo quitarle la vista de encima cada vez que se encuentra cerca de mí y que no pueda sacarlo de mi cabeza cuando no está.
Mi madre, que es una gran señora, tan recta como el hombre de mi casa, me reprende cada que contempla una fotografía familiar, en la que invariablemente y a pesar de estar en primer plano, aparezco con el cráneo dado vuelta, mirando el rostro de papá. Según dice mi madre, se trata de una mala conducta, de ninguna manera digna de un infante de mi categoría, de nuestra categoría, además de no comprender el por qué de tan equivocada conducta.
Al parecer nunca podré explicarle la razón de tales sucesos, pues para ella sería necesaria una idolatría igual a la que se le profesa a Dios, para llevar a cabo un comportamiento semejante. Parece que tiene la respuesta en sus manos, aunque le resulta tan obvio, que lo descarta por completo. Tal vez sería tanto como una blasfemia.
He perdido algunos recuerdos de él, aunque la ilusión de verlo parado junto al perchero colgando su sombrero, es la misma de todos los días. No resisto las ganas de correr hacia la puerta en cuanto lo escuche y quedar congelado, como siempre, a un metro de distancia de sus piernas, que ponga su mano sobre mi mejilla y continúe su marcha hacia el tocadiscos. Su música es un poco extraña, pero es música para mis oídos.
Por fin la espera terminó, aprovechando los anuncios y sin piedad alguna, mis hermanos me informaron que mi padre no tocará más sus discos de música extraña ni volverá a despeinarme al sentirse orgulloso de mí.
Cómo puede ser posible...
Viendo tv en un sofá, en compañía de mi madre, me tomó por sorpresa la muerte de mi padre. Yo que siempre estuve tan atento de su presencia. No poder creerlo sería falso de mi parte, pero es que… No puedo creerlo. Hace ya 30 años de eso y sigo aquí, en el mismo sofá, acompañado de mi madre.
jueves, 15 de diciembre de 2011
por que le sigo yendo al América
Dice Jorge Valdano, palabras más palabras menos, que el fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes. Y creo que tiene razón. Al ser un deporte que para ser jugado sólo requiere talento y pasión, ha podido llegar a los lugares más recónditos del planeta para despertar, precisamente, las pasiones más suigéneris, traspasando las barreras de la cordura y la razón.
Y la pasión por un equipo de fútbol puede llegar hasta tales magnitudes. No importa si es de tabla alta, media o baja, es tu equipo y se acabó; lo que pueda hacer cada domingo dentro del rectángulo es lo que importa. Te hace llegar los lunes altivo o cabizbajo, te hace perder o ganar grandes fortunas o humillaciones, te hace hablar tu mejor discurso en los grandes debates, desarrolla tu capacidad analítica y te ilusiona toda la semana hasta que vuelve el domingo.
Hace ya algún tiempo que mi equipo no me hace sentir casi ninguna de las anteriores, ya ni siquiera la rabia de verlos perder ante el acérrimo rival, pues el ver volar las cenizas de un ave que volaba muy alto, no trae más que una lisa y llana decepción, ni más ni menos.
Entonces, por qué le sigo yendo al América; a un equipo que ha hundido a su afición en la más peligrosa de las depresiones, a un equipo apetetado, anodino, que sale a todo menos a jugar fútbol, que privilegia el negocio y deja en segundo término el fútbol, el que ahora parece todo un fiasco, digo parece, porque a pesar de lo anterior, le sigue poniendo sabor al caldo.
El América es “El equipo”. El equipo a vencer, el más odiado, el que gana con una derrota los titulares de los periódicos, el que está en boca de todos, el que no puede faltar. Sin importar cómo juegue, el Club América es noticia, ya sea por un logro o un fracaso, por un alta o una baja, por una pifia o un chispazo.
Me ha encantado como sus principales detractores le ruegan al ser supremo que terminen ya, y de una vez por todas, los peores días de su némesis, pues los análisis se tornan cada día más aburridos si se deja de hablar del América, ya sea por haber ganado con la ayuda del árbitro o tener algún arreglo con alguno de sus hermanos menores; por alguna contratación “bomba” o simplemente porque han dado cátedra del juego, como en los viejos tiempos.
Cómo dejarle de ir al equipo que da vida al fut nacional, el indispensable, el que puede provocar todo menos indiferencia, el que desde pequeño me ha obsequiado muchas de las mayores alegrías de mi infancia y de mi vida, además de las mejores rabietas y berrinches que he protagonizado —desde lanzar injurias hasta destrozar cosas varias—, tras campeonatos, bicampeonatos, tricampeonatos; finales perdidas; goleadas en los clásicos, a favor y en contra; jugadores leyenda y verdaderos fiascos, tanto nacionales como extranjeros, con vistosos uniformes, con espantosos uniformes, con Cuauhtémoc Blanco, con Inolvidables momentos junto a mi papá y mis amigos y ahora con mi hijo —quien será testigo de cómo surge el ave de entre sus cenizas—, momentos que no podría compartir con ningún otro equipo. Americanista nací y chiva, azul, puma, o qué más da cualquier otro, moriré, pues no permitiré, bajo ninguna circunstancia, que muera algún americanista.
Además, como bien dice Eduardo Galeano: “En su vida, UN HOMBRE puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol”.
“Vaaaaaamos, vamos Améeeeerica, que esta taaaaarde tenemos que ganar”.
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